El Universo cabe en un cajón de imprenta

El Universo cabe en un cajón de imprenta

La máquina de imprenta arrancó y poco a poco comenzó a moverse. Giraron las ruedas de fierro, las bandas de goma, los rodillos llenos de tinta y otras piezas que subían y bajaban con un ritmo exacto que aumentaba en rapidez e intensidad: cataplúm, ras, puf, cataplúm, ras, puf, cataplúm…

Oswaldo tenía nueve años en ese entonces y era un niño flaco, de cabello negro muy lacio y grandes lentes de pasta. Estudiaba el cuarto año de primaria y cuando salía de la escuela ayudaba a su papá en la imprenta; incluso tenía su propia bata de trabajo colgada en el perchero de la entrada, hecha a su tamaño y con muchas manchas de tinta de varios colores. Su papá se llamaba Benigno y tenía el mismo cabello lacio y negro, pero usaba un bigote delgado y no llevaba lentes.

La máquina alcanzó su máxima velocidad y don Beni, como solían llamarlo, esperó a que los rodillos cubrieran de tinta la forma, como se llamaba el cuadro metálico donde estaban puestas todas la letras que se iban a imprimir y que estaban al revés, para que una vez impresas quedaran en la dirección correcta.

Todos los buenos impresores desarrollaban la habilidad de leer al revés y Oswaldo era especialmente bueno para ello, podía leer las formas a una velocidad normal y era el encargado de revisar que no se imprimiera ningún error. Le gustaba tanto hacerlo, que a veces leía sus libros reflejados en un espejo para practicar.

Don Beni metió los dedos índice y pulgar de la mano derecha en una corcholata de refresco, donde había un pedazo de algodón impregnado de glicerina: un aceite que usaban los impresores para agarrar las hojas de papel con más facilidad. A un lado de la máquina estaban los montones de papel blanco. El impresor tomó una hoja y cuando supo que era el momento indicado, movió una palanca y la metió en la máquina, que se cerró con fuerza. Cuando se volvió a abrir, don Beni sacó la hoja y la revisó. Cada letra tenía la misma presión y no había manchas de tinta, todo estaba perfecto y podía seguir. Comenzó a meter y sacar una hoja tras otra, con concentración y cuidado, para quitar la mano antes de que la máquina prensara el papel. A Oswaldo le daba algo de miedo esa parte del trabajo, pero esperaba crecer más para poder hacerlo.

El pequeño aprendiz debía estar atento a su padre, porque el ruido de la máquina le impedía escucharlo. Cuando se juntaban un montón de hojas impresas, don Beni hacía un movimiento de cabeza que indicaba que debía quitarlas. También debía poner hojas nuevas y no debía olvidarse de poner tinta en la máquina. Cuando su papá levantaba la barbilla tomaba una espátula de metal con mango de madera, que llenaba de tinta y embarraba en la platina, una rueda de metal que distribuía la tinta en los rodillos, que a su vez entintaban las letras de la forma. El color más usado era el negro, algunas veces azul, y los números siempre eran impresos en rojo.

Ver a Oswaldo y su papá trabajando en la imprenta recordaba a la maquinaria de un reloj, se movían con el ritmo que marcaba la máquina y sólo se detenían hasta que acababan las hojas y el trabajo estaba terminado. Entonces don Beni movía de nuevo una palanca y la máquina comenzaba a detenerse.

—Espera a que se detenga por completo —decía don Beni.

Cuando la máquina ya no hacía ruido el impresor sacaba la forma de metal y la ponía en una mesa de trabajo. Otra vez era el turno de Oswaldo, que debía limpiar cada una de las letras, para que quedaran listas para formar nuevas palabras. Esas letras se llamaban “tipos móviles”, algo inventado por un tipo llamado Gutenberg (cuya foto colgaba en un rincón de la imprenta). Cada letra debía regresarse a los compartimentos de un cajón de madera y tenían muchos cajones con letras de todos los estilos y tamaños. Oswaldo sabía dónde poner cada una y a veces se divertía escribiendo su nombre o alguna frase.

Después de las letras debía limpiar la máquina con unos trapos humedecidos con gasolina. Primero los rodillos y luego la platina en donde había estado la tinta. Cuando todo quedaba limpio, Oswaldo usaba otro trapo para limpiarse las manos y sacaba una aceitera dorada con una punta larga como el pico de una grulla, para echar aceite en algunas partes de la máquina. Se sentía orgulloso, porque ningún otro niño de su escuela sabía hacer ese trabajo.

Había muchas cosas que se podían imprimir: volantes con publicidad, sobres, tarjetas de presentación, hojas membretadas, etiquetas, invitaciones a bautizos, XV años, fiestas, bodas y hasta esquelas de defunción con pensamientos que recordaban a alguien muerto. Podría decirse que en el muestrario de la imprenta había impresiones para todas las ocaciones, desde el nacimiento hasta la muerte. Cuando unos novios deseaban casarse iban a la imprenta, donde veían invitaciones de todo tipo: en color rosa, con forma de pergamino o de elegante papel blanco. Cuando las parejas recogían su trabajo se emocionaban al ver sus nombres impresos y se daban muchos besos y abrazos.

—¿Por qué a los clientes les gusta tanto ver sus nombres impresos? —preguntó Oswaldo un día.

—Porque algo impreso se vuelve importante —respondió don Beni.

—¿Todo lo que está impreso es importante?

—No, no todo. Pero nadie puede resistirse a las letras bien elegidas, con espacios exactos y buena impresión. Claro, también importa escoger un buen papel, que se sienta bien al tacto. Si imprimes algo sobre un papel bueno, todos van a querer leerlo.

—¿Lo que imprimimos durará para siempre?

—No lo sabemos, quizá no todo, pero seguramente andarán por el mundo una o dos cosas de las que hemos impreso por muchos años.

A Oswaldo le gustaba mucho hacer preguntas a su papá y él siempre se las respondía sin quejarse. Cuando no sabía la respuesta consultaba un grueso diccionario Larousse, algo maltratado y lleno de tinta, que usaban todo el tiempo para verificar la ortografía.

—Toda imprenta debe de tener un buen diccionario, muy gordo y maltratado, entre más usado mejor —solía decir don Beni.

A Oswaldo también le gustaba mucho el papel, especialmente cuando lo metían a la guillotina, una máquina que permitía cortarlo al tamaño deseado y que siempre dejaba restos no utilizados llamados recortes. Con esos pedazos de papel hacía libretas, si eran tiras muy finas las usaba para llenar un cajón de madera y meterse a dormir. ¡No había nada más cómodo para el hijo de un impresor que una cama hecha con finos recortes de papel!

En la entrada del taller había un escritorio de metal muy pesado, tanto que nunca lo habían podido mover. Era el lugar de doña Tere, la mamá de Oswaldo y su trabajo era atender los pedidos de los clientes, responder el teléfono e intercalar hojas, es decir, acomodar las páginas de una revista, libro o facturas con copia para que quedaran en orden.

El trabajo de don Beni siempre estaba bien hecho y sus clientes lo agradecían; aunque había uno que siempre se quejaba, se llamaba el Licenciado Landú, era el administrador de un gran restaurante que le daba mucho trabajo a la imprenta, pero que todo el tiempo regateaba los precios y se quejaba de todo. Era muy alto, apestaba a cigarro y usaba sacos con grandes botones de metal grabados con anclas de barco.

—Ahí viene Landú con su traje de capitán —dijo un día Oswaldo cuando lo vio llegar.

Landú entró a la imprenta sin responder al saludo de doña Tere y siguió fumando su cigarro, a pesar del letrero que lo prohibía dentro de la imprenta. Apenas tocó la mano de don Beni al saludarlo y se la limpió con un pañuelo.

—¡Sólo es tinta seca, no son manos sucias! —quiso gritar Oswaldo pero se aguantó.

—Ven para acá —dijo doña Tere a su hijo y subieron a la azotea del taller.

Arriba de la imprenta estaba su casa: un par de recámaras, un baño y una cocina que usaban como comedor. Era algo muy cómodo porque tenían todo a la mano y vivían ahí desde antes que Oswaldo naciera. Podría decirse que el ruido de la máquina de imprenta lo había arrullado desde sus primeros días.

La azotea estaba llena de plantas colocadas en latas de todos tamaños. Madre e hijo se pusieron a regarlas, mientras lo hacían escucharon la voz alterada del señor Landú, ambos se asomaron y lo vieron gritar desde su carro.

—¡Te arrepentirás de no haberme ayudado!

El carro aceleró y se alejó, ambos bajaron para ver qué pasaba .

—Ya no trabajaremos más con Landú —dijo don Beni sin que pareciera preocupado.

Lo que había pasado es que Landú deseaba que imprimieran documentos falsificados. Oswaldo ya había escuchado sobre algunos impresores deshonestos que se habían aventurado a hacer diplomas, documentos oficiales e incluso billetes y que habían terminado en la cárcel. A pesar de que se quedarían sin la gran cantidad de trabajo que les llevaba Landú, Oswaldo se alegró de que su papá no se metiera en problemas.

Llegaron tiempos muy difíciles, el dinero escaseó y tuvieron que vender la guillotina y una prensa de mano que tenía más de 100 años. A pesar de las angustias económicas la pequeña familia de impresores no se lamentaba y ocupaba su tiempo limpiando y ordenando su taller.

—Ya caerá la chamba —decía don Beni, que no dejaba de salir a la calle a repartir tarjetas y volantes.

Un día Oswaldo y su papá fueron a comprar papel para un pequeño trabajo que debían hacer. La tienda era un lugar increíble, con muchas repisas en donde don Beni iba viendo los diferentes papeles.

—Mira, este es rododendro. Tócalo, se siente bien al tacto. Absorbe mucha tinta y las letras quedan porosas, como si fuera un documento antiguo.

Apenas había terminado de decir esta frase cuando se acercó un anciano delgado, de cabello rizado y canoso, que llevaba un sombrero, traje y corbata de moño. Tocó la misma hoja para comprobar lo que había dicho don Beni.

—En efecto, este papel es muy hermoso y tiene las cualidades que usted menciona, pero son todavía más hermosas las palabras que podríamos imprimir en él —dijo el extraño.

Oswaldo no sabía quién era, pero su papá lo reconoció y le extendió la mano de inmediato.

—Maestro Arreola, mucho gusto, soy Benigno Escalona y él es mi hijo Oswaldo.

Cuando estrecharon sus manos el elegante personaje mantuvo apretada la de don Beni y la observó por un momento.

—Esta es una mano de impresor.

Esa frase hizo que a Oswaldo le cayera muy bien ese señor.

—Hijo, el señor Juan José Arreola es un escritor muy bueno ¿te acuerdas cuando te leía “El Guardagujas”? Pues él lo escribió.

Oswaldo no podía creer que estaba frente a la persona que había escrito uno de sus cuentos preferidos.

—Maestro Escalona ¿me permite ver su libro?

Don Beni llevaba un libro que había encuadernado y entre sus páginas había puesto una plegadera de hueso, un instrumento delgado que se usa para doblar las hojas de papel. Juan José Arreola examinó el libro y sonrió al ver el improvisado separador. Revisó las cubiertas, el lomo, los interiores y las costuras. Después usó su pulgar para hojear las páginas y aspiró, deleitándose como si estuviera gozando del mejor perfume.

—¡Ah, nada como el aroma de un libro bien encuadernado! Quiero que encuaderne así de bien todos los libros maltratados de mi biblioteca —dijo el escritor y extendió una tarjeta muy bien impresa, en brillante opalina holandesa y con su nombre en letras manuscritas, con un realce que podía sentirse al tacto.

—Las hice en mi propio taller, no es fácil encontrar un buen impresor que sepa de estas artes. ¡Porque yo también soy impresor! —dijo el escritor levantando la mano con orgullo.

Oswaldo y su papá salieron muy contentos de aquel encuentro. No sólo tenían un buen trabajo, también habían conocido a un gran personaje y podrían hurgar en su colección de libros. Durante meses se encontraron con el maestro Arreola, que les entregó libros deshojados y maltratados, que convirtieron en ejemplares con cubiertas rojas de piel y letras doradas. El escritor quedó muy complacido y dijo que ambos eran grandes maestros.

El trabajo de la pequeña familia de impresores rindió frutos y su situación mejoró. Oswaldo siguió estudiando y comenzó a tener menos tiempo para ayudarle a su papá en la imprenta. Cuando llegó el momento de entrar a la universidad supo que debía estudiar mucho si quería ser admitido, eso era un problema porque se acercaba el fin de año y todo mundo quería mandar imprimir calendarios.

—Ya no me ayudes —dijo don Beni a su hijo.

—¿Cómo crees? ¡Hay mucho trabajo!

Pero el impresor se mantuvo firme.

—No me ayudes, mejor apúrate a estudiar para el examen.

Oswaldo se quedó un poco triste, pero apenas tenía tiempo para estudiar y dormir. Entró a la universidad y en los siguientes años no se paró mucho por la imprenta.

Ahora los libros se imprimen en máquinas modernas y todos tienen impresoras de plástico que apenas hacen ruido. Ya no es necesario hacer tantas cosas como en el pasado. Han desaparecido los talleres donde se hacían linotipos, grabados, fotolitos, dibujos, negativos…

Oswaldo también tiene una moderna impresora y cuando la usa le parece escuchar el ruido de la antigua máquina: cataplúm, ras, puf…

A veces también recuerda el olor del papel recién cortado y los cajones de madera llenos de letras, números, signos de puntuación y espacios. Bastaba un cajón de esos para poder escribir cualquier cosa, desde una palabra hasta libros enteros. De esos cajones podían salir las letras para describir todo el universo, sólo bastaban las hábiles manos de su padre para irlo creando letra a letra.